Los diablos danzantes de San Francisco de Yaré, ciudad localizada justo al sur de Caracas ciudad Capital,
es quizá la danza de diablos más famosa en Venezuela. No es casualidad que la cofradía de la danza de los diablos de Yaré sea una de las más organizadas en el país, y que conformada por muchos voluntarios y dos personas que se dedican tiempo completo a administrar el centro cultural y el museo que acoge a la cofradía, organicen encuentros nacionales de diablos danzantes, conferencias, eventos, y creen redes de trabajo en toda la región y el país.

En esta danza, que tiene lugar durante las celebraciones de Corpus Christi, cuando la ciudad se llena de
miles de visitantes, turistas y de cientos de bailarines con sus familias, los participantes visten capas, pantalones y camisetas rojas, alpargatas. Los hombres visten coloridas máscaras con grandes cuernos que varían en número de acuerdo al rango del bailarín y los años de antigüedad, pues, en efecto, la danza está fuertemente jerarquizada. Así pues, el capataz principal viste una máscara con cuatro cuernos, el segundo y tercer capataz una de tres, los perreros también llamados arreadores visten una máscara de tres pero con el cuerno de medio más delgado o una de dos como los esclavos, también llamados promeseros, y los diablitos. Las mujeres también visten de rojo y danzan junto a los hombres pero tradicionalmente no les está permitido vestir máscaras.

Las máscaras adoptan las formas de monstruos y animales fantásticos. Están hechas de madera, barro,
yeso y papel maché, y usualmente se utiliza alambre para su estructura. Muchas de las personas que las hacen han transformado las máscaras tradicionales, hechas inicialmente con la mitad de la cáscara del coco, y hacen ahora obras de arte que son exhibidas en galerías alrededor del mundo gracias a la pintura brillante y detallada que se destaca sobre grandes, complejos e incluso grotescos contornos. Hacia la mitad de los años noventa del siglo pasado, el contorno de la máscara adoptó casi siempre la forma de la cabeza de un cerdo, pero ahora se sigue la forma de la cabeza de vacas y toros, y algunas otras están inspiradas en dragones.

Los bailarines visten pequeños objetos devocionales tales como hojas de palma en forma de cruz y rosarios. Igualmente usan cencerros, una especie de cascabeles hechos de latas y campanas que cuelgan con una correa alrededor de la cintura. Durante la procesión, las calles se llenan de una multitud vestida de rojo que apretujada y con maracas en la mano baila al ritmo de toques de la caja, mientras se recorre las calles del pueblo en dirección a la iglesia deteniéndose en los 12 altares que hay en la
ruta. Frente a la iglesia se congregan afuera para, desde allí, oír misa. Al finalizar la misa, el Santísimo es puesto en la entrada de la iglesia y se escenifica una lucha entre el bien y el mal, que concluye con los diablos entregándose de rodillas ante el Santísimo.

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