Oh Diablo del Carnaval,
Regresa y vuelve a la vida
Y con tu cola encendida
Ven mi mente a iluminar,
Para salir de este apuro,
De este trance negro y duro
En que voy a penetrar”

                  Carlos Martínez “Tantínez”, Diablo legendario del Carnaval

 

 

Cada dos años, el pueblo de Riosucio, en la zona montañosa y cafetera de Colombia, se prepara para recibir a su majestad, el Diablo. Durante seis días, desde el jueves anterior a la Fiesta de los Reyes, el 6 de enero, este pueblo católico se sume en una festividad de casi doscientos años de tradición, celebrando la llegada de este personaje juguetón, “dicharachero” y burlón.

El Diablo del Carnaval, símbolo de reconciliación entre dos pueblos, debe su historia a la guerra sostenida en el pueblo de Riosucio durante el siglo XIX entre dos Resguardos, el de La Montaña y Quiebralomo; el primero bajo control indígena, y el otro dominado por alemanes que trajeron negros esclavos para trabajar las minas de oro de las zona.[1] Las comunidades de los dos resguardos fueron ordenadas a trasladarse a un territorio cercano al Río Sucio, y se dió inicio a una larga disputa por el territorio, y a la consecuente erección de un templo con su plaza para cada comunidad: el de San Sebatián, “arriba”, de los “blancos” de Quiebralomo y el de Nuestra señora de la Candelaria, “abajo”, de los indígenas de La Montaña[2].

En el año de 1846, los dos Resguardos se juntaron bajo un mismo distrito administrativo, Riosucio. Sin embargo esta unión se dio sólo en el papel, puesto que, con el fin de continuar diferenciando los dos comunidades, se separaron las dos plazas por una cerca de guadua y así, “los de arriba no podían pasar abajo y los de abajo no podían subir”.[3] Aún hoy, Riosucio conserva esta particulardidad de tener dos iglesias y dos plazas, las dos principales y centrales, divididas solamente por una calle.

Hacia el año de 1912, se enmarcan los orígenes oficiales de este Carnaval. Según cuentan los riosuceños, el diablo nació para juntar a los dos pueblos; se dice, de hecho, que “como Dios no los pudo juntar, el diablo sí pudo”,[4] asociando así el inicio del carnaval con el fin de la disputa. Se cuenta que este diablo nació de una figura que solía ponerse en la cerca para que ninguno de los habitantes de la otra comunidad osara cruzar, pero que poco a poco esta figura se volvió objeto de juego y mofa.

Los origenes del Diablo del Carnaval son diversos y han sido objeto de distintos discursos asociados a la identidad de los riosuceños a lo largo de los siglos XIX y XX. La historiadora Nancy Appelbaum,[5] identifica tres narrativas distintas que corresponden a tres periodos en la historia de la región: una primera narrativa indígena, de mediados del siglo XIX; una de “blaqueamiento racial” que corresponde a la primera mitad del siglo XX; y una narrativa “mestiza”, producto del modelo de nación más incluyente que tuvo su consolidación con la  Constitución del año 1991.

En la actualidad, los riosuceños se caracterizan como mestizos y, así mismo lo hacen con su Diablo. Y de ahí su particularidad. De los indígenas del Resguardo de la Montaña, dicen que el diablo tiene su espíritu burlón y mágico, exhaltado por el guarapo (bebida embriagante de caña) y por la música; de los africanos esclavizados de las minas de Quiebralomo, su aire rebelde y juguetón (que nos remonta a los momentos en los que los esclavizados celebraban sus fiestas en las que se disfrazaban y “azotaban” a sus amos con vejigazos de vaca, práctica que aún hoy se realiza en el carnaval); y de los “blancos” católicos heredó su iconografía, sus cachos, sus patas, y, si bien no siempre, su color.

Este Diablo es el personaje central del Carnaval de Riosucio, que muchos (sobretodo los medios de comunicación) han dado en llamar “Carnaval del Diablo”, siendo para los riosuceños un término incorrecto, ya que la figura del diablo actúa como catalizador de muchos otros “actos matachinescos”, elementos escenciales del carnaval, como lo es la Palabra, dispositivo por medio del cual los riosuceños han instaurado el ritual festivo.

En cada uno de los actos del Carnaval se pone en escena la crítica social, la censura, la mofa por medio de los “decretos” (textos versificados) y en las letras de las cuadrillas (cuyo origen se atribuye a las “cuadrillas” de mineros que laboraban en las minas). Seis meses antes de la fiesta, la Palabra se toma el pueblo con los actos matachinescos, unas jornadas “preparatorias” llamadas “Instalación de la República Carnavalera, “decretos”, y “el convite”, que se realiza aproximadamente quince días antes del comienzo del carnaval.

Durante los seis días del Carnaval el pueblo y miles de visitantes que llegan de todo el país se suman en la fiesta, sobre todo desde que fue declarada Patrimonio Cultural e Inmaterial de la Nación. La noche de la Entrada del Diablo y el día del Desfile de Cuadrillas son los actos que congregan el mayor número de personas. En la Entrada del Diablo se hace un desfile por las principales calles del pueblo con una gran efigie del diablo a manera de presentación a la comunidad, para ser dejada por el resto de la festividad en el atrio de la iglesia “de arriba”, la de San Sebastián. Esa noche, el “Comité de matachines” realiza el Saludo al Diablo, acto en el que se le da la bienvenida y en el que el propio diablo da las consideraciones de la fiesta.

En el Desfile de las Cuadrillas, cientos de riosuceños que viven en todo el mundo se reúnen para cantar al pueblo y caracterizar diversos personajes de la actualidad, de tradición o de la literatura. Las cuadrillas son grupos de aproximadamente diez a veinte personas que con los más coloridos y elaborados disfraces recorren el pueblo con diversos mensajes, algunos muy críticos y otros de burla o de censura social. Durante todo ese día, las cuadrillas (que pueden ser treinta o más) visitan las Casas cuadrilleras, hogares alrededor de las dos plazas de las personas más prestantes del pueblo y se presentan en el “tablado”, escenario construido frente al diablo donde cantan canciones conocidas a las que se las cambia la letra, bailan y muestran los disfraces.

Estos días festivos son también escenario de una serie de manifestaciones que no son contempladas desde la institucionalidad pero que cada vez van cobrando más y más fuerza, como lo son el encuentro de músicos tradicionales, el carnaval indígena y desde hace unos años, el Desfile y Quema de La Diabla, símbolo del carnaval alternativo, ya que es promovida por sectores marginales de Riosucio, que se llaman a sí mismos “La Barra de los 30”, que hasta hace tan sólo unos años no tenían participación en el Carnaval pero que han tomado una fuerza considerable desde que decidieron quemar su efigie de la Diabla como símbolo de protesta frente a la Junta del Carnaval en el año 2007

Si bien la diabla nació hace aproximadamente treinta años como la novia del diablo, cuando ésta era un “maniquí” de varios metros y más parecía una muñeca barbie que a una diabla, fue sólo desde hace pocos años que “La Barra de los 30” acogió a la figura de la “mamacitas” (mujeres) que salen desnudas en periódicos amarillistas y en calendarios populares, y dio forma a una diabla gran diabla roja, con botas negras, alas blanca, senos al descubierto, una gran cabellera rubia y brazos siempre abiertos.

La figura de la diabla se ha vuelto controversial con el paso de los años, no sólo dentro de la oficialidad del carnaval sino también dentro de la academia, que ha buscado definir este fenómeno desde distintos ángulos, sobretodo desde el enfoque de género. Al respecto hay que considerar que esta nueva figura es el símbolo de la “Barra de los 30” que está conformada en su gran mayoría por hombres, y donde se les llama “diablas” a las mujeres que hacen de la barra, y que en su mayor parte son prostitutas. Es importante notar que en principio, el discurso de género no existía para la Barra. No obstante, con el paso de los años, los integrantes han incorporado dicho discurso, como modo de legitimación no tanto de la mujer “diabla” y sí más bien de la barra misma. El Carnaval es claramente un escenario de una tradición viva y contradictoria, así mismo como sucede con los discursos que circulan dentro de ella.

 

Laura Sánchez García



[1]            Es importante notar que la población negra no habita en Riosucio sino en las poblaciones aledañas de Supía y Marmato.

[2]            Appelbaum, Nancy, “Historias rivales: narrativas de raza, lugar y nación en Riosucio”; en, Fronteras de la Historia 8, ICAHN, 2003

[3]            Entrevista realizada a Alberto Ospina, Alcalde del Carnaval en la década de los setenta y en el año 2011, enero 2007

[4]            ïbid.

[5]            Op. Cit. Appelbaum, Nancy, página 115


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