Patrimonio Cultural inmaterial de la Humanidad desde el año 2001, la Diablada de Oruro tiene lugar en la ciudad del mismo nombre, al sur de la Paz, capital de Bolivia. Si bien es cierto que esta diablada tiene influencias católicas, no obstante hunde sus raíces en las tradiciones indígenas pre-coloniales de los Uru Uru (de donde proviene el nombre de Oruro). Sus orígenes semejan remontarse a Wari, dios de los Uru Uru, que habita en el subsuelo, que es manifestación del dios del fuego y está asociado con la actividad volcánica. Este dios se relaciona con el “tío de la mina”, al que los mineros tradicionalmente respetan y temen porque protege y a la vez pone en peligro la vida de los mineros, esconde tesoros y a la vez permite encontrar las mejores vetas. Este dios es llamado “tío” quizá por una modificación del término castellano “dios”, así como quizá porque los mineros lo consideran como parte de la familia minera. En el siglo XVI con la llegada de los agustinos que traían una fuerte devoción mariana, particularmente por la Virgen de la Candelaria, se desarrolló un sincretismo religioso que entronizó a la virgen no para desplazar el culto a Wari sino para afirmarlo y tratar de darle continuidad dentro de nuevas formas y dinámicas religiosas y sociales. No en vano, la Virgen de la Candelaría es conocida en Oruro como la Virgen del Socavón.

La veneración a la Virgen del Socavón se desarrolla de la mano con historias que cuentan de las nobles acciones de la virgen durante la colonia. Una de ellas afirma que un grupo de mineros atrapados en una mina invocó a la virgen y milagrosamente se abrió un boquete de aire y luz. Otra historia es la que contó el Presbítero Eleuterio Villarroel según la cual la Virgen ayudó y salvó al valiente y audaz Chiru Chiru, que era un ladrón que ayudaba a los pobres. Según estas historias, cada sábado de carnaval (justo antes del miércoles de ceniza) la ciudad se viste de gala y baila para rendir homenaje a la virgen. La danza de la Diablada básicamente representa la lucha entre el bien y el mal mediante las figuras cristianas del arcángel Miguel en lucha contra las huestes malignas de Lucifer, tal y como lo indica el relato presentado por Ladislao Monte Alegre en 1818.

Los personajes principales han aumentado con los años. Hacia el siglo XIX estaban el Ángel (de rostro blanco y vestido con blusa de seda blanca, falda corta, espada y escudo), Lucifer (el ángel caído), las Chinas y los diablos. Hacia el siglo XX emergen Satanás (segundo al mando de las huestes malignas y encargado de dirigir los cuadros coreográficos que realizan dichas huestes), mientras que las China se dividen en Chinas Supay (compañeras inseparables de Lucifer y encargadas de ofender al Ángel, y cuyo nombre proviene del dios Supay que trató de eliminar a los Uru Uru enviando el Cóndor) y las Chinas Diablas (portadoras del pecado). Aparecen además figuras como el Cóndor, los Jukumaris (seres mitológicos que raptan doncellas), los osos (versión evolucionada de los Jukumari) y la muerte. En los primeros años del siglo XXI, se añadieron los Ñaupas, las Virtudes y las Tentaciones.

La danza está generalmente acompañada diversos tipos de música entre los que se encuentran la Marcha de las Órdenes, la Diablada (propiamente dicha), la Mecapaqueña, el Carnaval Oriental, la Cueca y la Cacharpaya. Según Julia Elena Fortún, la danza tiene varias versiones coreográficas pero no obstante está conformada usualmente por siete movimientos entre los que están el ovillo, que consiste en una espiral de diablos alrededor de Lucifer y a Satanás (a quienes son alzados en hombros para hacer arengas o contar un relato, dialogar o ser ovacionados), y la estrella, que representa la rebelión de diablos en contra del ángel y su derrota ante el ángel que entra marchando victorioso y pronuncia un discurso.[i]

Es importante indicar que la Diablada no es sólo un espectáculo de danza sino también un ritual. Como bien comenta Juan Caudio Lechín, los diablos danzan, seducen, parecen retar al ángel que los dirige, pero inevitablemente serán conducidos al atrio de la iglesia de la Virgen del Socavón donde serán irremediablemente vencidos. De este modo, luego de haber bailado, saltado y seducido, el bailarín llega agotado y embriagado al atrio. Durante todo el baile, “desde los confines de su cuerpo [el bailarín] no ha dejado de balbucear: Tengo que derrotar a mi cuerpo para que triunfe la virgen. Mi cuerpo es el cuerpo del Diablo, de la China Supay,...sólo desgastándolos por el cansancio y el alcohol, por los excesos, y gracias a la Virgen y a la cruz, podré derrumbarlos y hacerles expiar las penas que me infligen.”[ii] Es así como extenuado pero habiendo vencido a ese cuerpo 'diabólico', culpable, agresor y abusivo, el bailarín se quita la máscara como en una decapitación del diablo, y triunfante la lleva en sus manos camino al altar donde rinde obediencia, finaliza su esfuerzo y da fin a las causas pendientes.

Respecto al vestido, los diablos de Oruro inicialmente llevaban un pañuelo en la mano, un pollerín de 5 hojas, una faja de monedas, una pañoleta en la espalda, botas de lona, peluca y máscara de diablo adornada con víboras, sapos y lagartos. Posteriormente se incluyeron cambios, entre ellos dos pañuelos laterales en la espalda, y otros colores en las botas, una espuela y animales bordados en una pañoleta que se lleva en la muñeca derecha. La gente se ha interesado por introducir imágenes precolombinas en un intento por subrayar que si bien la danza es de origen colonial, hay figuras y símbolos que allí que se remontan a tiempos precolombinos.

Imperdonable sería hablar de la Diablada de Oruro sin detenerse en las máscaras de los diablos, hechas de yeso, bellamente decoradas y construidas con un sistema interno de iluminación para lucirlas en la noche. Al parecer fue en Paria, población cercana a Oruro, donde residían las personas encargadas de hacer las máscaras y quieres heredaron y transmitieron prácticas artesanales españolas e indígenas. En particular, se dice que fue allí donde Santiago Nicolás, el más reconocido mascarero de la región, aprendió y elaboró las más bellas máscaras entre los años 1885 y 1920. Según datos recogidos por Ulpián López, hacia 1930 estas máscaras sólo representaban a los ancianos de la comunidad que pronosticaban el tiempo y decían cuando sembrar, pero fueron los mineros quienes solicitaron que máscaras representaran al tío de la mina. Con el tiempo, las personas pidieron incluir elementos del mito de Wari dando lugar a las máscaras que se conocen actualmente. Es así como en las máscaras y en la pañoleta de la mano derecha, aparecen varias de las plagas que Wari mandó a los Uru Uru: lagartos, víboras, hormigas y sapos. Las máscaras de Oruro recogen diversas tradiciones y son un claro ejemplo de sincretismo cultural. Por esto mismo es importante notar que ese cambio en las máscaras realizado a inicios del siglo XX, según López, se desarrolló también junto con la influencia de una tradición artesanal asiática traída por de trabajadores que llegaron a trabajar a las minas de Oruro. Es así como posiblemente el lagarto se transformó en dragón.

La Diablada de Oruro ha adoptado elementos de otras regiones y de otras celebraciones, y también se ha expandido en diversas regiones de América. Esta hibridación permite que haya una disputa entre Perú y Bolivia sobre el origen de la Diablada de Oruro. El sur del Perú y el norte de Chile son lugares de mayor incidencia de lo que ahora se conoce como la Diablada de Oruro. Actualmente la Diablada de Oruro se ha difundido mediante la creación de comparsas en países como Argentina, Estados Unidos y Austria.

 

[i] Fortún, Julia Elena (1961). “Actual coreografía del baile de los diablos” En:  La danza de los diablos. La Paz, Bolivia: Ministerio de Educación y Bellas Artes.

[ii] Lechín, Juan. “El sinuoso, el culpable, el agresor y el abusivo.” Arcadia. No. 2 Marzo 2006. Pág. 12

2011 Diablos de las Americas. Algunos derechos reservados.

 

Este proyecto es apoyado por:

sponsors_hemi_theme.png   sponsors_unal_theme.jpg   sponsors_tdps_theme.jpg