El jueves de Corpus Christi la danza del diablo se toma las calles de Ocumare con más de un centenar de jóvenes, que en su mayoría son afrodescendientes provenientes de los alrededores de la costa noroeste de Venezuela, y que se ha reunido en la mañana en la casa del diablo mayor, el líder designado para los bailes del diablo. Los diablos visten adornos tradicionales tales como capas y cruces, campanas, cintas, un puñado de látigos, cuernos, máscaras de colores brillantes que amenazadoras resoplan y muestran sus dientes. Al ritmo de las maracas y el cuatro forman dos líneas, saltan, bailan y se arrodillan. Varios cientos de personas se acumulan a los lados de las calles para ver a los diablos y acompañarlos en su baile que comienza en la casa del diablo mayor y se desplaza por las calles residenciales hasta llagar a la iglesia.

La danza de los diablos de Ocumare han de ser comprendida como una manifestación religiosa, explica  la señora Luisa Rodríguez, una de los organizadores y cuya casa se transforma en una especie de cuartel general de los diablos tanto en los días previos como durante el evento. En efecto, junto con el carácter festivo, esta danza es una práctica devocional en la que cada uno de los bailarines paga sus promesas, pide una bendición y pide protección, por ejemplo de un ser querido.

Cuando los diablos llegan a las puertas de la iglesia, allí se encuentran con el sacerdote que luego los repele exponiendo la custodia del Santísimo Sacramento por encima de su cabeza. Los diablos se retiran a las calles, y proceden a dirigir la multitud hacia cada uno de los nueve altares situados en las intersecciones principales de la ciudad. La procesión compuesta por los diablos bailarines y los espectadores se mueve por las calles para bendecir cada altar con el sacerdote y su séquito. De este modo, la danza se revela como una expresión de sumisión ante el Santísimo Sacramento, al que algunos reconocen como el poder de la luz, la unidad y la compasión. Pero la danza es también un compromiso público de bendiciones y ritos.

Entrada la tarde, cuando el sacerdote ya se ha retirado a sus aposentos, los demonios continúan bailando, entran en las casas y negocios, el cementerio y otros sitios para bendecir esos lugares, expresar la devoción y afirmar la identidad comunal. Los diablos se mantienen unidos mediante una estructura jerárquica de perreros y capataces que dirigen los bailarines. Los mayores y más experimentados tienen especial cuidado de los jóvenes que bailan por primera vez. A eso de las cinco de la tarde del jueves, los bailarines realizan lo que se conoce como el caracol, una de las formas más antiguas de la danza del diablo. En 2010 más de 150 bailarines formaron una línea en dirección al patio de la iglesia, cada uno detrás de otro creando una espiral con el capataz y el más joven bailarín protegidos en el centro. Los trajes y las máscaras de los diablos son diferentes, evidenciando el pluralismo que se practica y que se hace presente en muchas otras danzas del diablo en Venezuela.

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