En las estribaciones de la Sierra Nevada de Santa Marta, y más precisamente en el pueblo de  Atánquez, ubicado actualmente dentro del territorio Kamkuamo en el departamento del Cesar (Colombia), aún perdura la tradición de la danza de los diablo a pesar de que esta zona fue una de las más golpeadas por la doctrina de la iglesia católica que, desde la época colonial hasta finales del siglo pasado, rechazó este tipos de danzas y expresiones populares en el caribe colombiano por considerarlas paganas y desestabilizadoras de la moral pública. Adicionalmente, los kankuamos han vivido una aculturación casi que demoledora debido a una educación "oficial" que negaba los valores y la cultura indígena. Desde el año de 1992 los kankuamo ha luchado por ser reconocidos como una etnia indígena, y por recuperar algunas de sus tradiciones a la vez que continúan con algunas  prácticas católicas, entre ellas la celebración del Corpus Christi.

Esta celebración es un momento clave para la comunidad y su historia, toda vez que en ella se entremezcla la aún fuerte herencia católica y el pasado lejano de la comunidad indígena; todo esto a pesar de criticas que algunos kankuamos cristianos hacen a la tradición católica. La fiesta comienza el domingo antes del jueves del Corpus Christi, con la visita a la Santísima Trinidad que se repite el día miércoles. El jueves hay de nuevo una visita que se desarrolla de la mano con la “procesión grande”, llamada así inicialmente porque sólo participaban los españoles. Los indígenas sólo participaban
en la llamada “octavilla”, es decir, en una procesión que tenía lugar una semana después. Actualmente la gente participa de igual manera en ambas procesiones. En estas procesiones los diablos son comandados por un diablo mayor, y son acompañados por los negros y las negras, y las Cucambas que, como en los diablos de Valledupar, representan aves enviadas por Dios para cuidar el Santísimo, los
negros y las negras.

La procesión comienza en el barrio San Isidro, y se dirige a la plaza principal donde esta la iglesia central. Las comparsas en general participan de la misa y luego salen en la procesión con el Santísimo
por las calles, haciendo paradas en los distintos altares que han sido adornados con nubes de algodón, cielos de satín azul, e imágenes de vírgenes y santos, y donde personas del pueblo hacen cuadros vivientes de vírgenes y santos. Los negros y negras visten sombreros que adornan profusamente con flores tomadas de los jardines del pueblo, y llevan un machete de palo bellamente tallado. Detrás de ellos vienen los  incansables diablos danzantes. Cada diablo viste pantalón rojo, camisa roja con flecos amarillos o una banda del mismo color, medias rojas, cascabeles que va alrededor del muslo sobre la rodilla y sube por el frente para ser atados al cinturón. Usualmente los diablos lleva una pañoleta roja en la cabeza. Visten además una máscara hecha con una malla metálica (o a veces de tela) en la que incrustan ojos, nariz y boca de tela, y cuelgan una lengua hecha de tela o aveces de otro material. En la parte superior de la máscara incrustan dos cuernos no muy grandes, que usualmente son de madera. Sobre la espalda llevan una piel de oveja a la que amarran espejos, cintas de colores, imágenes de santos y vírgenes. Detrás de los diablos pasan danzando las Cucambas haciendo un baile circular. Estas aves son representadas usando hojas de iraca, que se ponen en el cuello y en la cintura para que caigan y cubran el cuerpo. En la cabeza visten un cobertor que parece un sombrero alto sin ala, lleno de plumas. Cuando el Santísimo regresa a la iglesia, los participantes de la procesión entran, van hasta el altar, se arrodillan y oran, para luego retirarse sin darle la espalda al altar.

 

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